Encontrar a Dios en todas las cosas

Como un mínimo homenaje a Mario Benedetti, que a mí y a mi generación nos invitó a tener grandes sueños, y a vivir lo cotidiano con muchos ideales, pero ubicados en la realidad.

 

“Si su cotidianidad le parece pobre, no la culpe.

Cúlpese a sí mismo de no ser lo suficientemente

poeta para encontrar sus riquezas”1

                                                                                                                          

 

Primer momento

 

Es hora de levantarse. Está programado un día más, como cualquier otro, con la aparente monotonía de la rutina de esta época. No aparece en el horizonte nada novedoso. Caminar igual, sin claros u obscuros que me hagan diferenciar este día de todos los anteriores. Sin embargo es un día más de vida, de constatar esta presencia de la vida en mí mismo, en toda la realidad circundante. Agradezco a Dios por el hoy. Siento mi cuerpo relajado aunque toda-vía adormilado. Noto una leve tensión en mi brazo derecho. Quizá me recosté sobre él. Lo extiendo queriendo liberarlo de esa pequeña tensión. Admiro la flexibilidad con la que es capaz de ir y venir según mis órdenes. Entro en la regadera. Regulo la temperatura del agua y dejo que fluya libremente sobre todo mi cuerpo. Al percibirla por cada palmo de mi piel, siento esa reacción, igual a la de todos los días, pero que por ser “la de hoy” es nueva, y por la cual, cada célula de mi ser se va despertando, avivando, soltando. Me ayuda a tener mayor claridad sobre lo que pasa en mí. Nuevo agradecimiento a Dios. La frescura del agua me lleva a recordar toda esa creación que nos ha sido regalada y que me invita a cuidarla, a no dejarla ir, a aprovecharla. Cierro el agua mientras me enjabono y hago consciencia de la tersura de mi piel y de nuevas arrugas, conquistas de las tensiones de este año… Después, enjuagarse, secarse, vestirse, rutina diaria que me permite hacer conscientes algunas de las tantas habilidades que he retenido a través de los años y me han ayudado a ser quien soy. Es el momento, como podría ser en otro día cualquiera, de hacer mías las palabras de Benedetti:

 

“…pero el día empieza a convocarnos y es distinto de todos los demás tiene otra

lluvia otro sol otra brisa también otras terribles coincidencias”2

 

Detectar la presencia de Dios en mi cuerpo me resulta una obviedad. Las distintas sensaciones físicas que se van suscitando en mí en cada momento, en los sentimientos que junto a ellas brotan ha facilitado en mí Su presencia activa. Me llevan más allá, a darme cuenta de que, como a mí, a muchas personas más les concede la perspectiva de vivir con mayor coherencia, con mayor plenitud, en la búsqueda, junto con otros, de una convivencia fraterna, humana, desde el simple hecho de poder decir estoy aquí. Guiado por las reglas de discernimiento de Ignacio de Loyola, he podido encontrar en los espacios cotidianos, rutinarios, en el día tras día, motivos para gozar, aprovechar y transformar lo que voy viviendo.

 

Segundo momento

 

Pero aún dentro de esta rutina, no todo será sencillo, terso o coherente. Como dicen en mi pueblo, “más fácil cae un hablador…” Salgo tarde rumbo a mi trabajo; la misma ruta, los mismos lugares, los mismos olores. Con prisa llego al primer semáforo, ese que apenas deja pasar dos o tres vehículos y nuevamente se pone en alto. Empiezo a inquietarme. Delante de mí, parado, haciendo fila frente al semáforo, hay otro chofer a quien no le corre la vida: celular al oído, platica con una dama al lado; y como si fuera poco, tres niños en la parte trasera moviéndose traviesamente. Por supuesto su andar es lento y pierdo el siga. “Tranquilo”, me digo… avanzo… en poco tiempo llego a la intersección con la vía rápida. Ahora, nadie es capaz de ser gentil y dejar entrar. Todos van veloces; no hay un pequeño espacio para sumarse a este caudal de coches. Arriesgando un golpe, la seguridad del otro conductor, y quizá un largo congestionamiento de tránsito, me cuelo al carril de menor velocidad.

 

Ya estoy tenso. Los dientes apretados, los deseos de aumentar rabiosamente la velocidad se concentran en mi pie derecho junto al acelerador y ya son intensas las ganas de destruir al lento vehículo que, no sé por qué, me toca siempre delante de mí. Siento un alto grado de agresividad. ¡Qué rápido pierdo la paz! Me conozco, sé dónde están mis debilidades. De los momentos sencillos, sin chiste, desde ahí puede brotar el desaliento, la pérdida de coherencia. Está muy claro que sentirme desplazado, no tomado en cuenta, ha sido mi talón de Aquiles. Y de lo pequeño pueden resultar peores cosas. Si no lo detengo, como avalancha que se deja venir, a la larga me puede derrumbar. Si no controlo estos deseos, si dejo actuar libremente esta agresividad, seguramente este día se irá manchando poco a poco, hasta arruinármelo totalmente. Ya lo dice Ignacio de Loyola “si la persona (…) comienza a sentir temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de la naturaleza humana, cuando intenta realizar su dañina intención con tan crecida malicia”.3

 

Puedo caer, en sus términos, en desolación “… inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose el alma toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor”.4

 

Por eso, mejor pararlo a tiempo. Bajo la velocidad, sintonizo una estación con música tranquila y me concentro en el camino hasta llegar a la oficina. No importa lo intrascendental del hecho, hay que hacer una pausa. “De vez en cuando hay que hacer una pausa contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana examinar el pasado rubro por rubro etapa por etapa baldosa por baldosa y no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades”.5

 

La oficina; ¡Uff, qué escritorio! Papeles que revisar; telefonazos que hacer; pendientes que resolver... Una entrevista, una pequeña reunión, una comida de trabajo. No sé por dónde encauzar mis pensamientos y menos mis actividades. En nada se me antoja vivir lo que sufren los personajes de oficina de nuestro admirado poeta: “Es raro que uno tenga tiempo de verse triste: siempre suena una orden, un teléfono, un timbre, y, claro, está prohibido llorar sobre los libros porque no queda bien que la tinta se corra”.6

 

Reviso correos. Mucha basura, dos noticias tristes, alguna tarea resuelta, y varias comunicaciones breves, pero alentadoras. Tardo en contestar, pero hay signos de soluciones, de alternativas, de decisiones positivas. Lo sencillo encuentra cauce. Continúo la mañana con la entrevista y me admira la seguridad y la claridad con lo que la persona que tengo frente a mí va resolviendo su propia vida. Un nuevo agradecimiento a Dios… Veo reflejado en los ojos de esta persona cómo “el ángel bueno toca al alma dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja.”7

 

No todas las reuniones son agradables. Mucho tiempo perdido en discusiones estériles. Poca eficiencia y excesivo dar razón de todo. Así es la vida, así es el trabajo, así somos los compañeros de trabajo. No es tiempo perdido, es semilla que a su tiempo dará fruto. Al menos esa es mi esperanza.

 

Tercer momento

 

¿Por qué un día común y corriente puede darle sentido a la vida? Porque es “un largo paso desacostumbrado, una limpia e intrépida zancada, una rampa que no lleve al abismo, un envión que tumbe las derrotas, un trampolín que nos lance al mañana, aunque allí nos espere otra rutina, otra vida común, otra crisálida.”8 Desde mi ser cristiano esto lo traduciría en poder mostrar que Jesús es mi esperanza, es mi absoluto, aun en lo más pedestre, en lo no brillante, en lo que sucede y vuelve a suceder. Es el parámetro que me dice que vale la pena hacer lo que hago, o por lo contrario, que tengo que modificar actitudes que no dan vida, no dan esperanza, no dan perspectiva de realización común.

 

A fin de cuentas, es vivir el Amor desde todos sus ángulos: creatividad, crecimiento, perspectiva de realización, solidaridad, intimidad, paternidad-maternidad, soreidad-fraternidad… Como muestra -quizá un tanto difícil de alcanzar- veamos el auto reflejo de Ignacio de Loyola en su diario íntimo. Comenta él que, después de un día de estar junto al fuego, de andar por la calle, de hablar con varias personas, después de comer, “en todos estos ratos me habitaba tanto el amor de Jesús y se me concedía sentirle o verle de tal manera, que me parecía que en adelante no podía haber cosa alguna que me pudiese apartar ni hacerme dudar de las gracias o de la confirmación recibida”.9 Para quien ha vivido la experiencia de Ejercicios Espirituales podrá reconocer aquí el Principio y Fundamento, o desde otra perspectiva de los mismos Ejercicios, el conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga.

 

Mi Principio y Fundamento, un trampolín que me lance al mañana; Jesús, una intrépida zancada… Está por terminar el día, uno más, tan cotidiano como cualquier otro. Un rato de salir a caminar por las bellas calles tapatías. Admirar en cada cuadra la frescura de sus frondosos árboles, la exquisita arquitectura que muestra su evolución, manzana tras manzana y, sobre todo, la belleza proverbial de sus mujeres, de sus “ojos tan lindos”. Una bella ciudad, tan bella como muchas otras de nuestro país. Podría tomar las mismas palabras que Eulalio Ferrer aplicaba a otra hermosa ciudad: “El clima de Oaxaca es tan agradable como su gente. Tibio en la mañana, caluroso al mediodía y acariciante en la noche.

 

Lo gozo con la intensidad de mi propia vida. La luz de Oaxaca captura todos mis sentidos. No sólo es milagro visual, sino deslumbramiento interior. Siento una especie de cosquilleo que va de la piel al corazón. Es una luz nueva que inunda y embriaga… La riqueza de esta luz es tanta y el calor humano que nos rodea tan fraterno, que no me doy cuenta de nuestras penurias y de los equilibrios que hace mi madre para estirar al máximo los cinco pesos diarios que nos dan de subsidio. Pero en medio de las carencias, no creo que haya nada tan bello como ese sentido de recuperación de la vida; es como si la estrenáramos en el amanecer milagroso de cada día, como si tuviéramos la oportunidad de nuevo, pero acompañándonos del tesoro de la conciencia y de la experiencia.

 

En cierto sentido, algo verdaderamente cercano a la utopía”.10 Gozar la experiencia de esa luz,  ese agradable clima, del contacto sencillo con las personas en las calles, vivir en esos encuentros tan cotidianos algo verdaderamente cercano a la utopía es algo que seguramente Ignacio le llamaría consolación “dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turba-ción”11, pasando sobre los retos de la misma pobreza. Puedo regresar consolado a casa.

 

Recopilando

 

Encontrar poesía en la riqueza de lo cotidiano, en palabras ignacianas, encontrar a Dios en todas las cosas, tiene varios supuestos. Supone personas humildes, de búsqueda, sencillas y con un amor abierto a los demás, principalmente a los más sencillos. Personas que se saben en proceso, viviendo de forma dinámica, en búsqueda permanente, y que se saben amados por el mismísimo Dios al que quieren encontrar. Por tanto hay que estar siempre atentos a la realidad, a los sucesos, a nuestras propias reacciones, a la iluminación y aterrizaje que la vida de Jesús puede darle a mi propia vida.

 

Las Reglas de Discernimiento de Ignacio de Loyola son un método estupendo para ayudarnos a encontrar este sentido; pero un método a fin de cuentas. Lo importante es la búsqueda de la coherencia personal, del seguimiento de Jesús, del encuentro con el Amor en los hechos del día con día. Estas reglas son de sobra conocidas. En la bibliografía final encontrarás explicaciones y formas metodológicas para aprovecharlas. Quiero retomar, como un método alternativo de ayuda, otras reglas del mismo Ignacio. Tocan algo de lo más común y cotidiano; son las Reglas para en adelante ordenarse en el comer.12 Las adaptaré a la vida cotidiana en general.13

 

1. En lo cotidiano, en lo sencillo es donde más fácilmente se encuentra la paz, y menos espacio hay para las dificultades.

 

2. En las cosas de mayor sofisticación, comodidad y atractivo, es necesario ser precavido, vigilando con esmero qué es lo que realmente se necesita para aceptarlas, y qué es lo que sale sobrando para evitarlo.

 

3. De lo elegante, lo provocativo, lo lujoso hay que cuidarse mucho. Es atractivo, y adictivo. Es mejor utilizar, ver, gozar cosas sencillas y comunes. Lo primero hay que utilizarlo con mucha medida y atención.

 

4. La salud es prioridad. Cuidando de ella, entre menos se utilice aun de lo conveniente, más fácilmente llegará a lo justo. Primero, porque será más libre para sentir y juzgar de una manera atinada; y segundo, porque si empieza a notar que le falta salud o ánimo, entenderá por ello que necesita utilizar más de lo necesario.

 

5. Al utilizar algo, le ayudará imaginarse acompañado de Jesús y los suyos, fijándose en el uso que él hace de las cosas y queriendo ser en todo como él; en forma que su ocupación central sea estar con Jesús y lo otro resulte secundario, para que así no se desvíe y conserve la libertad y el dominio de sí mismo.

 

6. Le ayudará tener en mente la situación y las necesidades de los más pobres, para que con esto no encuentre gusto en utilizar desmedidamente de las cosas.

 

7. Cuide sobre todo de no centrarse en lo que usa, en las cosas materiales con las que se relaciona. Por ejemplo compras y consumo. Por el contrario, sea dueño de sí en las cosas que utiliza.

 

8. Para no desviarse, le ayudará mucho prever lo que podrá hacer, utilizar, comprar este día, de forma que pueda controlar antojos e incitaciones que desvíen; y no se pase luego de lo previsto; y si se siente con ganas de hacerlo, en vez de aumentar, disminuya.

 

Último momento

 

Es el final del día; toca recibir lo vivido y agradecerlo. Me siento capaz de admirarlo: La vida cotidiana es también una suma de instantes algo así como partículas de polvo que seguirán cayendo en un abismo y sin embargo cada instante o sea cada partícula de polvo es también un copioso universo14

 

Recupero el día. Relajo mi cuerpo. Recuerdo todo lo que he vivido, desde que me levanté, hasta este último momento donde recojo el día. Descubro dónde ha habido una sensación significativa para mi cuerpo, o un sentimiento más fuerte que los demás… Identifico el momento de caminar por la ciudad. Me reconforta sentir tanta belleza, tanta vida. Recupero esa sensación de relax en mi cara. Junto a estos sentimientos, viene el discurso de decir ¡Qué bellas son tus criaturas! Humanas, vegetales, la creación arquitectónica del mismo hombre.

 

Me siento invitado a no dejar pasar ese impulso de cuidar toda esta belleza, a seguir contemplando para alcanzar amor. Ha sido un día más; la manifestación de Dios ha sido sencilla, pero gozosa y prolífera. Me nace rezar esta pequeña pero inspiradora oración del P. Pedro Arrupe: Concédeme, Señor, verlo todo con ojos nuevos, para discernir y poner a prueba los Espíritus, poder leer los signos de los tiempos, gustar internamente todo lo que viene de ti, y comunicarlo a los demás. Concédeme la claridad de conocimiento que concediste a Ignacio. 

 

Preguntas para encontrar a Dios en los acontecimientos del día

 

Al finalizar tu día, toma un momento de descanso; relaja tu cuerpo; revisa tu día.

1. ¿Qué momento de este día sientes que sobresale en ti? ¿Dónde sientes más clara la presencia de Dios, o por el contrario, tu alejamiento de Él?

 

2. ¿Qué sensaciones físicas, en tu cuerpo, se suscitaron al vivir dicho momento?

 

3. ¿Qué sentimientos te despertó?

 

4 ¿Qué pensamientos acompañaron a estos sentimientos?

 

5. ¿Se despertó algún deseo? ¿Te suscitaron “ganas de”...?

 

6. Ahora, en este momento al final del día, ¿te sientes invitado a cambiar, a mejorar, a insistir en lo vivido?

 

7. Después de todo esto: ¿Cómo está tu estado de ánimo? ¿Sientes paz, armonía, alegría, ánimo, esperanza? O por el contrario, ¿experimentas desánimo, desilusión, desasosiego, angustia, oscuridad, impotencia, falta de fe, de esperanza, de amor?

 

Bibliografía

 

 Diarios espirituales

Thió de Pol, Santiago, S.J. (1990). La Intimidad del Peregrino. Bilbao-Santander: Mensajero-Sal Terrae.

Lebeau, Paul. (2000). Etty Hillesum. Un Intinerario Espiritual. Santander: Sal Terrae.

Nouwen, Henri. (2002). Diario del Último Año de Vida de Henri Nouwen. Madrid: PPC Editorial, Col. Sauce.

 

Para el discernimiento

Molla, Darío. (2000). Encontrar a Dios en la Vida. México: Buena Prensa, Col. Ignaciana.

Cabarrús, Carlos. (2006). La Danza de los íntimos deseos. Bilbao: Desclée de Bouwer.

Ameche, Guillermo. (1998). Como Escuchar al Espíritu. Un método de discernimiento. México: Buena Prensa.

Varios (2007).Diccionario de Espiritualidad Ignaciana. Bilbao-Santander: Mensajero-Sal Terrae.

 

Notas

1 Rilke, Ranier María. (2003). Cartas a un joven poeta y Antología Poética. México. Editores Mexicanos Unidos: S.A., p. 13.

2 Benedetti, Mario. (1995). Inventario. Colombia: Planeta Colombiana Editorial, S. A., p 124.

3 Loyola, Ignacio. (2007). Ejercicios Espirituales. Texto modernizado por Manuel Iglesias, SJ. México: Buena Prensa p. 93 12ª Regla de Discernimiento de Primera Semana.

4 Ibid. p. 92 4ª Regla de Discernimiento de Primera Semana.

5 Benedetti, Mario, Op. Cit. p. 285

6 Ibid, p. 576

7 Loyola, Ignacio. Op. Cit. p. 335. 7ª. Regla de discernimiento de Segunda Semana

8 Benedetti, Mario. Op. Cit. p. 139

9 Thió de Pol, S.J. (1990). La Intimidad del Peregrino. Bilbao-Santander: Mensajero-Sal Terrae. “[75] en estos tiempos era en mí tanto amor, sentir o ver a Jesús, que me pareçía que adelante no podía venir cosa que me pudiese apartar dél ni hazerme dudar çerca las graçias o confirmaçión reçibida.” Diario Espiritual.

10 Ferrer, Eulalio. (2009). México en el Corazón. México: Ed. Oceano.

11 Loyola, Ignacio. Op. Cit. p. 329 1ª. Regla Segunda Semana

12 Loyola, Ignacio. Op. Cit. p. 61

13 Sigo, en mucho, a Palencia, Félix. Manual de Ejercicios. Versión Digital.

14 Benedetti, Mario. Op cit. p. 106

 

Comparte en Facebook
Comparte en Twitter
Please reload

Entradas destacadas

Entregamos las primeras 11 casas en San Mateo del Mar, Oaxaca

October 23, 2018

1/2
Please reload

Entradas recientes